Fantasma
- Fecha
- junio 2026
- Categoría
- Notas
- Palabras
- 467 palabras
Cierras los ojos y te hundes en la calidez. Al principio, imaginas algo delgado entre los dedos, quizá un lápiz. Pronto pierde su rigidez. Tus brazos se cierran en torno a algo blando apoyado sobre el pecho y, mientras acercas la manta y la acomodas con ternura contra tu cuerpo, terminas sosteniendo una forma. El sueño aún no se ha apoderado de ti. Permanece cerca, aguardando en calma.
Cuando el cansancio se vuelve profundo, brotan voces del interior del silencio. Mamá habla en algún lugar más allá de lo comprensible; sus palabras se han desvanecido, pero perdura su cadencia maternal. Tu hermana no deja de repetir: «Sí. Sí».
Recuerdas cómo era de bebé y cómo le enseñaste aquella palabra; la viste esforzarse hasta que, por fin, el sonido afloró y se hizo suyo. La manta se mueve entre tus brazos. Se ha convertido en un bebé. Una vida diminuta e indefensa, hecha un ovillo tibio sobre tu pecho. La sostienes para protegerla, cobijada entre tu cuerpo y la manta, con la certeza de que nada podrá hacerle daño mientras permanezcas despierto.
Tras tus párpados, comienza a fluctuar el ruido sepia del universo de los ojos cerrados. Es ese limbo familiar: ni oscuridad ni luz, sino un campo inquieto de partículas pardas y doradas que fluyen como polvo por aguas antiguas. Las formas se congregan, giran en espiral, se disuelven y vuelven a congregarse.
Algo cobra forma en la oscuridad. Percibes su movimiento antes de verlo. Abres los ojos. Tu hermana está sentada a tu lado, con un jersey morado. Te mira con una ternura serena, como si llevara un tiempo velando por ti. Por un instante, su presencia parece perfectamente natural. Entonces recuerdas la imposibilidad de que esté allí. La miras sorprendido; quizá te hayas vuelto completamente loco. En el instante en que advierte que puedes verla, la ternura da paso al asombro, como si tampoco ella hubiera esperado hacerse visible. Luego se desvanece, lo bastante despacio para que presencies cómo abandona la habitación.
Cuando la figura se desvanece, o quizá en ese mismísimo instante, al dar una aparición paso a otra, ves a un hombre cuyo rostro se asemeja a la imagen de Cristo repetida a lo largo de la historia del arte. Aparenta unos treinta y cinco años; tiene el pelo largo, barba, ojos de un pardo oliváceo y una nariz marcadamente arqueada. Su rostro no pertenece a ninguna persona viva que conozcas y, sin embargo, te resulta familiar de inmediato. Entre todas las imágenes que has visto, se parece sobre todo al Cristo de Alberto Durero.
Él te ve, y tú lo ves a él, y en su mirada comprendes que no ha venido a acusarte ni a darte órdenes, sino a velar por ti. Entonces empieza a ascender hacia el techo. Cuando desaparece de tu vista, deja tras de sí una tenue mancha de esencia. El trazo se prolonga hacia abajo mientras él asciende, como si su partida hubiera dividido las direcciones del mundo.
Se parece al alma que viste una vez en un sueño: la misma bondad, la misma sonrisa serena, los mismos ojos como motas de luz estelar. La oscuridad y el ruido sepia cobran la forma de tu reflejo, aunque no es el rostro que reconoces en los espejos. Es un yo más dulce, quizá la parte de ti que sobrevive a la carne, o quizá solo el yo que esperas que exista más allá de ella.
Y yaces entre el sueño y la vigilia, incapaz de discernir cuál de los dos mundos se ha adentrado en el otro.